La verdadera historia del TAXISTA en la Calzada San Antonio Abad, CDMX


 

Tragedia en Navidad: Un hombre, un perro y la cadena de omisiones que selló un destino

En las primeras horas del 25 de diciembre de 2025, mientras las familias de la Ciudad de México despertaban para celebrar la Navidad, un taxi Nissan con placas A8371C recorría las calles vacías del centro histórico. Al volante, un hombre de entre 35 y 40 años —cuya identidad permanece bajo reserva oficial— iniciaba lo que parecía una jornada laboral más. Su único acompañante no era un pasajero, sino un perro mestizo de tamaño mediano, al que los rescatistas llamarían simplemente "el lomito".

Lo que comenzó como un turno rutinario en una ciudad que nunca duerme por completo, terminaría minutos después en la calzada San Antonio Abad: un vehículo volcado, maquinaria destrozada y un hombre muerto en el asfalto.

La tragedia, sin embargo, no comenzó con el impacto. Comenzó al menos media hora antes, cuando algo en la mente del conductor se fracturó de manera tan profunda que transformó su realidad en una pesadilla.

El hombre invisible: un perfil en sombras

Los reportes ofrecen una silueta, no un retrato. Era un operador de taxi concesionado que trabajaba en una de las fechas más familiares del año. Conducía acompañado de su perro, un detalle que transgredía las normas y hablaba de soledad o de un vínculo afectivo tan fuerte que no podía dejarlo solo. La ausencia más elocuente fue la de la familia: nadie acudió a reclamar su cuerpo. Este vacío sugiere un aislamiento social que los psicólogos del transporte reconocen bien: muchos conductores trabajan jornadas extenuantes para llenar el vacío de una vida sin estructura familiar sólida. Para ellos, una mascota puede ser un mecanismo de regulación emocional, un compañero silencioso contra la ansiedad del tráfico, la violencia urbana y la soledad al volante.

La crisis: "Tengo animales en el cuerpo"

La primera señal de que esa mañana sería distinta llegó en un video que se volvería viral. En la avenida Pino Suárez, el taxi se detuvo abruptamente. El conductor descendió, con el torso desnudo a la intemperie fría, y comenzó a moverse de manera frenética, lanzando golpes al aire como si combatiera contra enemigos invisibles. Entonces, pronunció con desesperación pura las palabras que quedarían grabadas: "Tengo animales en el cuerpo".

No era una metáfora. Para él, era una realidad aterradora. Experimentaba formicación, una alucinación táctil característica del síndrome de Ekbom o de intoxicación severa por estimulantes como la metanfetamina. Su cerebro le decía, con absoluta convicción, que su piel estaba infestada de organismos que se movían y lo consumían desde adentro. Era una crisis psiquiátrica aguda que requería intervención médica inmediata.

La omisión imperdonable: la policía que miró y no actuó

Aquí, la tragedia se convierte en escándalo. Había patrullas de la Secretaría de Seguridad Ciudadana en la zona. Oficiales vieron a un hombre en evidente estado de alteración mental, un peligro claro para sí mismo y para terceros. Cualquier protocolo indicaba la necesidad de una detención preventiva y la remisión a servicios médicos.

Y no hicieron nada. No contuvieron al individuo, no bloquearon su vehículo, no llamaron a una ambulancia. Permanecieron como espectadores. Cuando el conductor, sumido en su psicosis, volvió a subir al taxi y arrancó, le abrieron la puerta al desastre. Esta omisión no es un detalle; es la causa permisiva directa de lo que vendría después. Sin ella, el taxi nunca habría llegado a San Antonio Abad.

El último viaje: hacia el abismo

Con su realidad fracturada y sin intervención, el conductor emprendió su último trayecto. En un estado de hipervigilancia paranoica, su coordinación y juicio estaban destrozados. En la calzada San Antonio Abad, a exceso de velocidad y con obras viales que reducían el margen de error, perdió el control.

La física fue implacable: un impacto contra una luminaria, luego contra una palmera, y el taxi comenzó a volcar. El conductor, sin cinturón de seguridad, fue eyectado con violencia brutal. Su cuerpo impactó contra el asfalto; la muerte fue instantánea.

El único sobreviviente: el "lomito" atrapado

Dentro del taxi destrozado, un milagro: el perro estaba vivo. Había quedado prensado entre los fierros, lo que, paradójicamente, lo protegió de la eyección. Los bomberos trabajaron con herramientas hidráulicas para liberarlo. El animal, físicamente estable pero profundamente traumatizado, fue llevado a la Brigada de Vigilancia Animal. Era el único testigo de los últimos momentos, el único vínculo de un hombre que murió en la más absoluta soledad. Nadie reclamó al perro.

Las preguntas que persisten: un sistema que falló

Este accidente no fue una fatalidad. Fue el resultado de una cadena de fallas sistémicas:

  1. Salud Pública: La falta de acceso a tratamiento para las adicciones y la salud mental.

  2. Regulación del Transporte: Controles médicos y toxicológicos teóricos, pero probablemente superficiales, corruptos o fácilmente evadibles, que permiten a personas con adicciones severas operar vehículos.

  3. Policial y de Emergencias: La negligencia e indiferencia de oficiales que presenciaron una crisis médica y no actuaron, ya sea por falta de entrenamiento, cinismo o miedo al papeleo.

  4. Social: Una cultura que documenta el dolor en lugar de intervenir, y que estigmatiza la adicción como un fracaso moral en vez de verla como la enfermedad que es.

Conclusión: una lección que no aprenderemos

El caso del taxi A8371C se cerrará como un "accidente por intoxicación del conductor". Los oficiales que no actuaron no enfrentarán consecuencias. Los protocolos no cambiarán. La ciudad seguirá su ritmo, y en algún otro taxi, otro conductor luchará en silencio contra sus propios demonios.

La pregunta que esta historia deja no es "¿por qué murió este hombre?", sino "¿a cuántos más vamos a dejar morir antes de actuar?". Sabemos cómo prevenir estas tragedias: con sistemas de salud accesibles, regulación efectiva, policía capacitada y compasiva, y una sociedad que deje de mirar para otro lado.

Pero la lección más amarga de esta Navidad en la Ciudad de México es que, muy probablemente, seguiremos eligiendo no aprenderla. El conductor murió anónimo; su perro espera un futuro incierto; y la próxima tragedia evitable ya se está gestando en las calles de una ciudad indiferente.

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