Confesión de Juan Carlos Suárez, imputado por muerte de Jaime Esteban Moreno: revelan nuevo informe

 


A las 3:25 de la madrugada del 31 de octubre, en una calle fría de Chapinero, la respuesta fue absolutamente nada. El sonido no fue el de un simple puñetazo en una riña de borrachos. Fue el golpe sordo y húmedo de un cráneo impactando contra el asfalto. Luego, el ruido rítmico y repugnante de zapatillas deportivas contra un cuerpo que ya no se defendía.

Para Jaime Esteban Moreno Jaramillo, un estudiante de 20 años de la Universidad de los Andes, ese fue el último sonido que su cerebro registraría con coherencia. Esta no es la historia que quieres leer antes de dormir, pero es la que debes leer porque todos hemos estado allí: la fiesta increíble, la música que vibra en el pecho, la hora avanzada, el disfraz que pica. Buscas a tus amigos para pedir el Uber, te ríes, el aire de la madrugada te pega en la cara y te sientes invencible. Crees que estás a salvo, en Chapinero, una zona "bien", a minutos de tu cama.

Jaime Esteban también lo creía.

Esta es la anatomía de un asesinato sin sentido, reconstruida no solo desde los titulares, sino desde el corazón de un informe judicial de 179 páginas que pocos han visto. Es un documento frío y técnico, pero entre sus líneas se esconde un grito de terror. Al terminar de leer, no solo entenderás los 38 folios de fotos de la necropsia o el testimonio tembloroso de un amigo. Sentirás el peso de cada página y te preguntarás con una rabia helada cómo permitimos que esta historia, exactamente esta, vuelva a repetirse.

La discoteca Before Plus, en la localidad de Chapinero, hervía. Era Halloween, la noche en que Bogotá se permite ser cualquier cosa menos ella misma. El bajo retumbaba, las luces estroboscópicas cortaban el humo artificial y cientos de jóvenes universitarios, disfrazados de ángeles, demonios, superhéroes y personajes de series, celebraban la ilusión de una noche sin consecuencias.

Entre ellos estaba Jaime Esteban Moreno, 20 años, estudiante de Los Andes. Un chico, según todos los reportes, "normal" –lo que en Bogotá es un eufemismo para un buen hijo, un buen amigo, alguien con un futuro brillante. Jaime no estaba solo; estaba con amigos, pero, como es habitual, los grupos se disuelven y se reforman. Cerca de él, aunque en un grupo separado, estaba Juan David, un amigo con quien compartía desde hacía dos años.

En otra esquina del club, no como estudiantes, sino como infiltrados, estaban Juan Carlos Suárez Ortiz, un trabajador de call center del barrio El Olarte, y su amigo Ricardo Rafael González, un vendedor de perros calientes de 22 años, oriundo de Cartagena. Para ellos, la fiesta no era un escape de los parciales; era un territorio ajeno. Habían pagado 60,000 pesos por la entrada, un precio considerable para quien vende comida en la calle. Quizás buscaban lo mismo que todos: diversión, alcohol, una conexión. O quizás simplemente sentían el peso de no pertenecer. Los acompañaban dos mujeres, una de ellas de nacionalidad venezolana, ambas asesoras de ventas.

La noche avanzó, el alcohol fluyó, las sonrisas se volvieron más flojas, los bailes más erráticos. El reloj de la ciudad, implacable, avanzó hacia las 3:00 a.m.

El incidente detonador.

A las 3:25 de la madrugada, la magia se rompió. Las luces del club se volvieron más duras. La música perdió su encanto. Era hora de irse. Jaime Esteban y su amigo Juan David salieron a la acera de la calle 64. El frío de la sabana los golpeó, y entonces, el primer contacto.

No fue una discusión, no fue un malentendido por una mujer, no fue un hombro chocado por accidente. Fue, según el testimonio de Juan David, un acto de pura depredación. Un sujeto con la cara pintada de rojo y negro, sin camisa y con pantalón negro –Juan Carlos Suárez Ortiz– se acercó a Jaime Esteban por la espalda y, sin mediar palabra, le propinó un puñetazo brutal en la nuca. Jaime cayó al piso. Seco.

Juan David, paralizado por la incredulidad, solo atinó a preguntar qué pasaba. La respuesta de Suárez, recogida en el informe de 179 páginas, es un epitafio de la intolerancia urbana: "Desaparezcan de mi vista o los voy a cascar".

El terror es una alarma de incendios en el cerebro. Juan David ayudó a levantar a su amigo aturdido y sangrando. "Vámonos, vámonos", le decía. Empezaron a caminar rápido, tratando de alejarse. No corrían –¿porque correr invita a la persecución?–. Intentaban desaparecer, como les habían ordenado. Pero no fue suficiente.

La cobardía rara vez viaja sola; necesita validación. Suárez Ortiz no había terminado. Él y su socio, Ricardo Rafael González, el vendedor de perros calientes, los siguieron. A pocos metros, en la esquina de la calle 64 con carrera 15, los alcanzaron. Y allí, la promesa se cumplió.

No fue una pelea –una pelea implica dos bandos–. Esto fue una paliza. Juan David vio cómo los dos hombres, Suárez y González, se lanzaban sobre Jaime. Vio cómo lo tumbaban de nuevo y vio cómo empezaban a patearlo. No eran patadas de rabia; eran patadas con propósito: patadas a la cabeza, patadas al rostro, una y otra y otra vez. Juan David intentó intervenir, pero fue apartado. Era dos contra uno, y su amigo ya estaba inconsciente en el suelo.

El ataque duró segundos, pero se sintió como una eternidad. El sonido de los golpes se mezclaba con los gritos de Juan David pidiendo ayuda. Las dos mujeres que acompañaban a los agresores, según los testigos, miraban.

Cuando terminaron, Jaime Esteban Moreno Jaramillo era un bulto inmóvil en el asfalto, tendido en un charco creciente de su propia sangre. Los agresores, viendo lo que habían hecho, simplemente se alejaron caminando. La noche de máscaras había terminado. La pesadilla real acababa de comenzar.

El acto dos: La persecución y la captura.

Este acto no pertenece a Jaime; él ya estaba en una nebulosa médica de la que nunca despertaría. Pertenece a los que quedaron atrás: a un amigo en shock, a unos médicos desesperados y a una ciudad que despertaba para enterarse de otro horror.

Imagina ser Juan David: estás de rodillas en una calle oscura de Bogotá, con el olor a hierro de la sangre de tu mejor amigo impregnando tu ropa. Intentas hablarle: "Jaime, Jaime, despierta". Pero él no responde. Su rostro, minutos antes el de un joven de 20 años, ahora es una masa inflamada y rota.

Llegan los uniformados. Las luces azules y rojas bañan la escena en un carnaval macabro. Su testimonio, aunque alterado, es claro: "Dos tipos, no, dos tipos y dos mujeres. Uno tenía la cara pintada, sin camisa... Me dijo, nos dijo que nos fuéramos. Nos estábamos yendo. ¿Por qué nos siguieron? ¿Por qué le pegaron así? Falta uno. Falta el otro tipo. Eran dos. Tienen que buscarlos. Están cerca".

Los policías actúan rápido. Dejan a Juan David con la ambulancia que acaba de llegar y emprenden la búsqueda con la descripción. Aquí, la suerte, o quizás la arrogancia de los criminales, juega un papel clave. A solo cinco cuadras, en la calle 69 con carrera 14, los policías ven a un grupo sentado en unas bancas: un hombre y dos mujeres. El hombre coincide con la descripción: cara pintada, sin camisa, pantalón negro. Es Juan Carlos Suárez Ortiz.

El policía se acerca. "Ustedes estuvieron involucrados en una riña en la calle 64", pregunta el agente. La respuesta de Suárez es escalofriante por su simpleza: "Sí". No hay remordimiento, no hay pánico, solo una admisión. Las tres personas –Suárez y las dos mujeres– son capturadas y trasladadas a la estación de Barrios Unidos.

Mientras tanto, la ambulancia lucha por llegar al CAMI de Chapinero. Los paramédicos intentan estabilizar a Jaime. Está inconsciente. Sus lesiones en el rostro y el cuerpo son evidentes. Pero el verdadero daño, el invisible, está ocurriendo dentro de su cráneo.

En la URI de la granja, la maquinaria legal se activa. Traen a Juan David. La identificación es inmediata. "Es él", dice, señalando a Suárez. "Él fue el primero que le pegó. Y ellas... ellas estabían ahí". Pero Juan David insiste: "Falta uno. Eran dos hombres los que lo patearon en el suelo. Falta el otro".

Cuando los policías interrogan a Suárez y a las mujeres sobre el segundo hombre, se topan con un muro de silencio. Aquí, la historia se fractura. Las dos mujeres, a pesar de ser identificadas en la escena y capturadas con el principal sospechoso, son dejadas en libertad horas después. Siguen "vinculadas a la investigación" –una frase legal que en la práctica significa que no había pruebas suficientes en ese instante para acusarlas de coautoría en un homicidio. No dieron los golpes, no patearon; simplemente miraron y ahora guardaban silencio. Este giro es el primer golpe moral de la historia. ¿Dónde termina la presencia y dónde empieza la complicidad? Para la fiscalía, la línea era borrosa; para el público, una indignación.

La lucha por una vida.

El CAMI de Chapinero no estaba equipado para lo que traía Jaime. El informe médico inicial es un listado de horrores: múltiples golpes en rostro y cuerpo. Lo reaniman, lo intuban, pero el diagnóstico es devastador: trauma craneoencefálico severo. Traslado de urgencia al Hospital Simón Bolívar. En la jerga médica de Bogotá, eso es una sentencia. El Simón Bolívar es el hospital de batalla, el lugar donde van los casos más extremos de trauma. Si te mandan allí, estás en el último escalón antes del abismo.

Allí, un equipo de cirujanos y especialistas de la UCI lucha por él. La historia clínica citada por la fiscal en la audiencia es un testimonio de desesperación: "Llegó en mal estado de salud, con alto riesgo de complicaciones". Ingresó a cirugía como emergencia vital.

Piensa en esos cirujanos. Saben, al ver la tomografía, que las probabilidades son casi nulas. El cerebro está inflamado, los pulmones afectados. Las 38 fotografías que tomarían los forenses después mostrarían la magnitud del daño externo: hematomas que cubrían toda la cara, inflamación facial severa, heridas en boca y ojos. Pero el daño interno era una bomba de tiempo. Cada minuto, el cerebro de Jaime se apagaba un poco más, estrangulado por la presión dentro de su propio cráneo.

Quizás hubo un momento, alrededor del mediodía, en que un monitor mostró un signo vital estable. Quizás por un segundo la familia, que ya había sido notificada y esperaba en un pasillo color gris hospital, sintió una punzada de esperanza. "Está en cirugía, pero está aguantando".

La esperanza es lo primero que muere en la UCI.
A las 6:48 de la tarde del 31 de octubre, 15 horas después de la paliza, el corazón de Jaime Esteban Moreno Jaramillo se detuvo. Los especialistas confirmaron su fallecimiento. El trauma encefálico severo, con afectación vital del cerebro y el pulmón, había ganado la batalla.

La cacería y la justicia.

La noticia golpeó a la ciudad. Un estudiante de Los Andes asesinado a patadas en Chapinero. La palabra "riña" empezó a usarse en los medios, pero el informe de 179 páginas, que ahora se convertía en la evidencia de un homicidio, contaba una historia diferente.

Con Suárez Ortiz capturado, la atención de la fiscalía se volcó sobre el coautor prófugo. El segundo hombre no era un fantasma; tenía nombre: Ricardo Rafael González Castro, 22 años, oriundo de Cartagena, vendedor de perros calientes del centro de Bogotá. Este detalle es crucial.

El video que todo el país conoce lo muestra. Las cámaras de seguridad del Before Club Plus lo captaron adentro y luego corriendo por la calle 64. La línea de tiempo de la fiscal fue precisa: a las 3:25 a.m., Suárez golpea a Jaime por la espalda, lo tumba, le da varias patadas y, segundos después, llega González Castro para unirse a la masacre.

La investigación reveló un detalle aún más escalofriante. Después del asesinato, mientras Jaime luchaba por su vida en el CAMI, Ricardo Rafael González hizo una llamada telefónica. No fue a la policía, no fue a un abogado. Llamó a su jefe para renunciar. Sabía exactamente lo que había hecho. Los investigadores creyeron que había huido a su natal Cartagena para ocultarse. El vendedor de perros calientes que pagó 60,000 pesos para entrar a una fiesta de élite era ahora el hombre más buscado de Bogotá.

El arco de la historia se había completado. Ya no era una tragedia anónima. Tenía dos rostros, dos nombres, dos historias: Juan Carlos Suárez Ortiz, el trabajador de call center capturado con la cara pintada, y Ricardo Rafael González, el vendedor de perros calientes prófugo.

La defensa de Suárez se desmoronaba. El abogado de la familia Moreno, Camilo Rincón, lo explicó con una claridad brutal. Tenían cuatro pruebas contundentes:

  1. El testigo directo: Juan David, el amigo que lo vio todo.

  2. La captura en flagrancia: Suárez, a cinco cuadras, confesando haber estado en la riña.

  3. El video: la cámara que prueba la coautoría, el "trabajo en equipo para matar".

  4. La autopsia: las conclusiones forenses que demostraban que la golpiza fue la causa directa de la muerte.

El escenario estaba listo para el último acto: la justicia.

La audiencia: El peso de la ley.

El clímax de esta historia no sucede en una calle oscura, sino en una sala de audiencias estéril, bajo la luz fluorescente de los juzgados de Paloquemao. El juez 37 de control de garantías, José Alejandro Hoffman, preside la sala. Juan Carlos Suárez Ortiz, ya sin pintura en la cara, escucha a la fiscal del caso. La sala está en silencio. La fiscal no habla de riña; habla de homicidio. Relata la historia clínica, describe el trauma encefálico, menciona el informe pericial. Luego mira al acusado y solicita la imputación.

El juez Hoffman toma la palabra. Su voz es la voz de la ley, fría y precisa. Le aclara al acusado que se le señala en calidad de coautor del crimen. Esta palabra es la clave de todo. Coautor significa que, legalmente, no importa quién dio la patada fatal; no importa si fue Suárez o el prófugo González. A los ojos de la ley, ambos sostuvieron el arma. Ambos son igual de responsables por el resultado.

Y entonces, el juez suelta la bomba: la solicitud de pena por el delito de homicidio con circunstancias de agravación es de 480 a 600 meses de prisión. De 40 a 50 años de cárcel. El juez le explica a Suárez que, si se allana a cargos, la pena podría reducirse hasta la mitad: 20 o 25 años.

La cámara se enfoca en Suárez. Este es el verdadero clímax, un momento de la verdad. Su abogado, Camilo Rincón, lo había dicho fuera de la corte: tiene dos opciones. Dar información de su socio criminal, que está prófugo, o declararse culpable como coautor del homicidio. Callar y hundirse solo, pero como un "leal", o hablar y tratar de salvar algo de su propia vida.

Suárez Ortiz, el hombre que cinco días antes se sintió lo suficientemente poderoso como para quitar una vida en la acera, ahora era solo un peón en un juego legal que no entendía. El juez ratificó la imputación. La justicia, lenta y pesada, había dado su primer paso.

Las lecciones de ceniza.

Esta historia de 179 páginas nos deja un sabor a ceniza y varias lecciones que no podemos ignorar.

  1. La "riña" es un eufemismo peligroso. Dejemos de llamar a estos actos riñas o peleas. Lo que le pasó a Jaime no fue una pelea; fue una ejecución, un acto de depredación. Usar la palabra "riña" minimiza la violencia y de alguna manera culpa a la víctima por haberse "involucrado". Jaime no se involucró; fue casado.

  2. La desescalada fracasó porque no era una opción. La lección estándar de "No respondas, solo vete" no aplicó aquí. Juan David y Jaime intentaron irse. Hicieron exactamente lo que se supone que debes hacer. Pero el agresor no buscaba una disculpa; buscaba una víctima. La agresión fue asimétrica desde el segundo uno.

  3. La complicidad del silencio. Las dos mujeres que fueron liberadas no son legalmente culpables, quizás, pero sí son moralmente responsables. Al guardar silencio sobre el paradero de Ricardo González, al no intentar detener la paliza, se convirtieron en cómplices de la tragedia. La ley tiene un vacío inmenso para castigar al que solo mira.

  4. El mosaico de la evidencia. En 2025, es casi imposible cometer un crimen así y desaparecer. Un testigo (Juan David), una captura en flagrancia, una cámara (el video) y una autopsia (la ciencia). La justicia moderna se construye con estos cuatro pilares. El prófugo González puede correr, pero su cara ya está en cada noticiero. Es cuestión de tiempo.

  5. La ilusión de las zonas seguras. Chapinero, Universidad de los Andes, Before Club Plus. Creemos que la violencia ocurre en otros barrios, en otras circunstancias. La muerte de Jaime nos recuerda que la barbarie no respeta códigos postales. Está a una mala mirada de distancia, en cualquier esquina.

Juan Carlos Suárez, un trabajador de call center. Ricardo González, un vendedor de perros calientes. Jaime Moreno, un estudiante universitario. Tres mundos que nunca debieron colisionar, y que lo hicieron de la forma más destructiva posible. No había una razón, no había una deuda, no había un robo, no había una disputa previa. Solo fue el ego inflado de dos hombres –quizás por el alcohol, quizás por el resentimiento de estar en una fiesta donde no pertenecían– que decidieron que sus puños y sus pies tenían el derecho de terminar una vida. Y lo hicieron.

La muerte de Jaime Esteban Moreno no es solo una estadística más en el conteo de homicidios de Bogotá. Es un espejo. Nos obliga a mirarnos y preguntarnos en qué clase de ciudad vivimos, donde un joven de 20 años puede ser pateado hasta la muerte por "desaparecer de mi vista", y los asesinos pueden luego sentarse en una banca a cinco cuadras de distancia.

Jaime Esteban tenía 20 años, estaba disfrazado. Salió de una fiesta y nunca llegó a casa. Su muerte no puede, no debe ser en vano. No olvidemos su cara.

El segundo implicado, Ricardo Rafael González Castro, de 22 años, sigue prófugo. Los investigadores creen que está en Cartagena. Comparte esta historia. Comparte su foto. Que no haya un rincón del país donde pueda esconderse. Alguien en algún lugar sabe dónde está.

Debate la ley. ¿Qué opinas de la decisión de liberar a las dos mujeres que estaban presentes y guardaron silencio? ¿Debería la ley tener herramientas más fuertes para la complicidad pasiva? Este debate es necesario.

Habla con los tuyos. Esta historia es un recordatorio brutal. ¿Cuál es tu protocolo de seguridad real cuando sales de fiesta? "Nunca dejar a nadie atrás", ¿es solo una frase o es una regla de hierro? Conversemos sobre estrategias reales para protegernos.

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