Del Gol Más Glorioso a la Prisión: La Trágica Historia de Jhon Viáfara | Documental Completo
Las calles polvorientas de Robles, un pequeño corregimiento afrodescendiente de Jamundí en el Valle del Cauca, eran el escenario donde dos niños corrían descalzos tras un balón desinflado durante los años ochenta. Uno de ellos era Jhon Eduis Viáfara Mina, nacido el 28 de octubre de 1978, hijo de José Elier Viáfara, un humilde bombero voluntario y sastre que junto a su esposa criaba a sus hijos bajo los estrictos principios de la fe cristiana evangélica. El otro niño era Jaider Díaz Carabalí, quien años más tarde sería conocido en el mundo del narcotráfico como alias "El Papá". En aquellos días inocentes, ambos compartían los mismos sueños que todos los niños de su barrio: escapar de la pobreza, alcanzar algo mejor, hacer que sus familias se sintieran orgullosas.
La casa de los Viáfara era modesta, construida con el sudor y el esfuerzo de un padre que trabajaba desde las seis de la mañana como aseador en un colegio y luego cumplía sus turnos en el cuartel de bomberos. La familia no pasaba hambre, pero tampoco conocía los lujos. Era una de esas familias vallecaucanas donde la dignidad se medía por el trabajo honesto y la fe inquebrantable. Jhon creció viendo a su padre levantarse antes del amanecer, regresar agotado al atardecer, y aun así encontrar tiempo para asistir a los servicios religiosos. Ese ejemplo de sacrificio y rectitud quedaría grabado en la memoria del futuro futbolista, aunque los años demostrarían que las lecciones de la infancia a veces no son suficiente blindaje contra las tentaciones del mundo.
Desde muy joven, Jhon mostró una habilidad natural para el fútbol. Sus piernas largas y su físico privilegiado le permitían destacar en las canchas de tierra de Robles, donde los partidos se jugaban con una intensidad que anticipaba el temperamento que más tarde mostraría como profesional. Mientras Jaider Díaz, su amigo de la niñez, comenzaba a tomar caminos más oscuros, atraído por las historias de dinero fácil que circulaban en una región marcada por la presencia del narcotráfico, Jhon se aferraba al balón como su única posibilidad de trascendencia. El fútbol era su vía de escape, su boleto hacia un futuro diferente.
En 1998, cuando tenía apenas veinte años, Jhon Viáfara logró lo que parecía imposible para un muchacho de Robles: debutar como profesional en el Deportivo Pasto. Era el comienzo de una carrera que lo llevaría a recorrer las canchas más importantes de Colombia y del mundo. Su familia apenas podía creer que aquel niño que había crecido entre las calles humildes de su corregimiento ahora aparecía en televisión, vistiendo los colores de un equipo profesional. José Elier Viáfara, el padre, lloraba de orgullo cada vez que veía a su hijo jugar. Para ellos, Jhon no era solo un futbolista, era la prueba viviente de que con esfuerzo y dedicación se podía trascender las circunstancias del nacimiento.
Después de Pasto, Viáfara pasó por el América de Cali, donde comenzó a llamar la atención por su capacidad física, su entrega en el campo y esos remates de media y larga distancia que dejaban sin aliento a las tribunas. Era un volante completo, de esos que se sacrifican en la marca pero también tienen el talento para aparecer en el área rival y definir con potencia. Los técnicos que lo dirigieron coincidían en algo: Jhon Viáfara tenía el corazón de un guerrero. Jugaba cada partido como si fuera el último, dejando la piel en cada disputa, en cada carrera. Esa intensidad era su sello distintivo.
En 2003 llegó al Once Caldas de Manizales, y allí su vida cambiaría para siempre. El equipo blanco atravesaba un momento de renovación bajo la dirección técnica de Luis Fernando Montoya, un estratega conocido por su capacidad para formar equipos competitivos con jugadores que no necesariamente eran las grandes estrellas del fútbol colombiano. Montoya vio en Viáfara algo especial: un futbolista versátil que había llegado como defensa central pero que tenía las condiciones para jugar como volante. La conversión no fue fácil. Viáfara se resistía inicialmente, sintiéndose más cómodo en la zaga, pero el técnico insistió, trabajó con él, lo convenció. Carlos Valencia, el asistente técnico apodado "Panelo", y Darío Vélez notaron que Jhon tenía una pegada privilegiada y lo animaron a probar esos disparos de larga distancia en los entrenamientos.
El Once Caldas se clasificó para la Copa Libertadores de 2004 después de ganar el torneo colombiano, y nadie, absolutamente nadie, esperaba lo que estaba por venir. El equipo caldense enfrentó en la fase de grupos a rivales como Vélez Sarsfield de Argentina, Fénix de Uruguay y Maracaibo de Venezuela. Contra todo pronóstico, el Once lideró su grupo y avanzó a octavos de final, donde enfrentó a Barcelona de Ecuador. Los partidos fueron cerrados, tensos, y la clasificación se definió en penales, con el arquero Juan Carlos Henao convirtiéndose en el héroe. En cuartos de final esperaba el poderoso Santos de Brasil, un equipo con historia y tradición. El Once ganó de visitante y empató en casa, eliminando a otro gigante. Las semifinales trajeron al São Paulo, otro coloso brasileño, y nuevamente el equipo de Montoya hizo lo imposible: empate sin goles de visitante y victoria en el estadio Palogrande de Manizales.
La final sería contra Boca Juniors, el último campeón del mundo con la Intercontinental de 2003 en su vitrina. El partido de ida se jugó en La Bombonera, ese caldero infernal donde más de cincuenta mil almas gritaban con una pasión que hacía temblar las estructuras del estadio. Para Jhon Viáfara, aquella noche del 23 de junio de 2004 se convirtió en una experiencia que quedaría marcada en su memoria por razones deportivas y también por un episodio vergonzoso que años después se convertiría en anécdota. Antes del partido, el médico del equipo, Carlos Alberto Osorio, había comprado sobres de Biocross, un energizante, para que los jugadores lo tomaran y enfrentaran mejor la intensidad del encuentro. Viáfara, ansioso y nervioso por la magnitud del momento, se tomó el contenido del sobre demasiado rápido. A los pocos minutos de iniciado el partido, comenzó a sentir un malestar estomacal que fue creciendo hasta volverse insoportable.
En medio de la batalla campal que era aquel partido, con Boca presionando y el Once resistiendo, Viáfara se acercaba desesperado a sus compañeros pidiéndoles que cubrieran su posición para ir al baño. Todos se negaban: era una final de Copa Libertadores, no había tiempo para necesidades fisiológicas. Corrió hasta el banco, le rogó al profesor Montoya que lo dejara ir, y el técnico, en medio de la tensión, le respondió con crudeza: "Cágate ahí". Y eso fue exactamente lo que hizo. Jhon Viáfara se hizo encima en pleno partido, en La Bombonera, mientras decenas de miles de personas observaban sin saber lo que sucedía. El olor se hizo evidente rápidamente. Sus compañeros comenzaron a alejarse de él, nadie quería marcarlo de cerca. Samuel Vanegas pasó junto a él y escuchó la confesión susurrada con vergüenza: "Soy yo, me hice popó". Cuando llegó el entretiempo, Viáfara corrió desesperado al camerino, se bañó y se cambió de uniforme. Miguel Rodas, el utilero, tomó el uniforme sucio, lo enjuagó con agua y lo empacó en una bolsa. Al final del partido, que terminó cero a cero, un colega argentino de utilería pidió un uniforme del Once Caldas como recuerdo. Rodas, con una mezcla de picardía y venganza futbolera, le entregó precisamente el uniforme de Viáfara. Una semana después, en Manizales, el utilero argentino llegó al camerino con un reclamo furioso: "Che, cómo me vas a hacer eso, me diste el uniforme cagado".
Pero la revancha se jugaría en Manizales, en el estadio Palogrande, el primero de julio de 2004, una fecha que quedaría grabada en la historia del fútbol colombiano. El estadio estaba colmado, no solo de hinchas del Once Caldas sino de todo un país que se había unido detrás del equipo caldense. Era algo sin precedentes: colombianos de todas las regiones, hinchas de diferentes equipos, todos apoyando a un mismo club. La final era más que un partido de fútbol, era un acto de fe colectiva, la posibilidad de que lo imposible se hiciera realidad. Jhon Viáfara salió al campo con una determinación férrea. Ya no había nervios ni vergüenza por lo ocurrido en Buenos Aires. Esta era su oportunidad de redimirse, de ser héroe, de escribir su nombre con letras doradas en la historia del fútbol colombiano.
Al minuto siete, sucedió lo que cambiaría su vida. El balón llegó a los pies de Viáfara, quien se encontraba aproximadamente a cuarenta metros del arco defendido por Roberto Carlos Abbondanzieri. Sin pensarlo demasiado, sin dudar, levantó la vista y disparó con toda la potencia de su pierna derecha. El balón salió como un proyectil, atravesó el aire caliente de Manizales y se incrustó en la red, venciendo la estirada desesperada del arquero argentino. El estadio Palogrande explotó. Jhon Viáfara corrió hacia la tribuna con los brazos extendidos, gritando con una mezcla de euforia y liberación. Sus compañeros lo perseguían para abrazarlo, para celebrar un gol que sería recordado como uno de los más bellos en la historia de la Copa Libertadores. Ese disparo de cuarenta metros era más que un gol, era la materialización de un sueño, la confirmación de que el muchacho de Robles había llegado a la cúspide del fútbol sudamericano.
Boca Juniors empató en el segundo tiempo con un cabezazo de Nicolás Burdisso, y el partido se fue a penales. Allí, Juan Carlos Henao, el arquero del Once Caldas, se convirtió en el héroe definitivo al atajar el último cobro de Franco Cángele. Colombia entera estalló en júbilo. El Once Caldas era campeón de la Copa Libertadores, apenas el segundo equipo colombiano en lograrlo después de Atlético Nacional en 1989. Jhon Viáfara fue elegido como la figura del partido. Su gol había sido el zarpazo que le dio confianza al equipo, el momento mágico que hizo creer que la hazaña era posible. En ese instante, parado en el césped del Palogrande, levantando el trofeo junto a sus compañeros, Jhon Viáfara era la personificación del triunfo del esfuerzo sobre la adversidad, del talento provincial sobre el poderío de los grandes clubes. Era el orgullo de Robles, de Jamundí, del Valle del Cauca, de todo un país.
Los días que siguieron fueron de una euforia indescriptible. Viáfara regresó a Robles convertido en héroe nacional. Su padre, José Elier, no cabía de orgullo. Las calles del corregimiento se llenaron de fiesta, de música, de celebración. Los niños querían tocarlo, pedirle autógrafos, tomarse fotos con él. En ese momento, Jhon Viáfara era la prueba de que los sueños podían hacerse realidad, de que un muchacho humilde de un pueblo olvidado podía conquistar América. Su actuación en la Libertadores también le abrió las puertas de la selección Colombia, donde participó en las Copas América de 2004 y 2007, anotando incluso un gol en un amistoso contra Suiza en 2007.
Pero lo más importante para su carrera llegó con la llamada del Portsmouth de Inglaterra, un club de la Premier League dispuesto a pagar 2.2 millones de euros por sus servicios. En junio de 2005, Jhon Viáfara aterrizó en Inglaterra para convertirse en jugador de uno de los equipos más competitivos del mundo. Era el sueño dorado: jugar en la Premier League, enfrentar a los mejores, ganarse un salario que en Colombia resultaba inimaginable. Para el muchacho que había crecido viendo a su padre trabajar jornadas extenuantes por un ingreso modesto, aquello era como haber ganado la lotería. De repente tenía dinero, reconocimiento, oportunidades. Era joven, exitoso, y el mundo parecía rendirse a sus pies.
En Portsmouth jugó catorce partidos y anotó un gol, pero su paso fue breve. El entrenador Alain Perrin fue reemplazado por Harry Redknapp, quien tenía otras preferencias tácticas. En enero de 2006, Viáfara fue cedido a préstamo a la Real Sociedad de España, donde jugó once partidos en La Liga antes de recibir dos tarjetas rojas que complicaron su estadía. En agosto de 2006, el Southampton, rival de la costa sur de Portsmouth, pagó aproximadamente 750,000 libras esterlinas por sus servicios. En el Southampton, Viáfara encontró más continuidad. Jugó consistentemente durante la temporada 2006-2007, marcó dos goles en la semifinal del playoff del Championship contra el Derby County, aunque su equipo no logró el ascenso tras caer en penales.
La experiencia europea fue intensa pero también reveladora. Jhon descubrió que en Inglaterra el fútbol era diferente: más físico, más rápido, más exigente. No siempre pudo adaptarse completamente, y su estilo sudamericano, más pausado y técnico, chocaba a veces con el ritmo frenético de la Premier League y el Championship. Pero más allá de lo deportivo, Viáfara experimentó un cambio profundo en su estilo de vida. De repente ganaba más dinero del que había soñado, vivía en ciudades cosmopolitas, frecuentaba lugares que antes solo veía en películas. Se casó, tuvo dos hijos, y comenzó a construir la vida que siempre había deseado. Sin embargo, ese nivel de vida también implicaba gastos considerables: una casa apropiada, autos, la manutención de su familia, los viajes, los compromisos sociales. El dinero entraba, pero también salía con rapidez.
En 2008, Viáfara regresó a Colombia para jugar nuevamente con el Once Caldas, pero ya no era el mismo jugador que había conquistado América cuatro años atrás. Las lesiones, el desgaste del fútbol europeo y el paso del tiempo habían mermado sus capacidades. Durante los siguientes siete años, pasó por La Equidad, Junior de Barranquilla, Deportivo Pereira, Deportivo Cali, Independiente Medellín y finalmente Águilas Doradas, donde se retiró en 2015. El final de su carrera fue discreto, sin las luces de la gloria que había conocido en 2004. En Barranquilla protagonizó algunos episodios polémicos, como cuando en junio de 2011 le suspendieron la licencia de conducir por manejar ebrio y enfrentarse a los policías durante la prueba de alcoholemia. Su respuesta ante los medios fue desafiante y arrogante: "En cuanto a la licencia estoy tranquilo porque mi profesión es la de futbolista y no la de taxista". En 2019, poco antes de su captura, estrelló su camioneta de alta gama mientras conducía ebrio en una carretera entre Jamundí y Cali. También fue víctima de un intento de robo en Medellín donde su vehículo resultó tiroteado. Las señales de una vida que se descarrilaba eran evidentes, pero nadie en ese momento imaginaba hasta dónde llegaría la caída.
Cuando Jhon Viáfara colgó los botines en 2015, tenía treinta y siete años y enfrentaba una realidad que no había anticipado: los contratos millonarios habían terminado, pero los gastos continuaban. Durante su carrera había ganado sumas considerables, especialmente en Inglaterra, pero como muchos deportistas no había planificado adecuadamente su retiro. Se había separado de su esposa y le había cedido las propiedades para garantizar el bienestar de sus dos hijos, lo cual era un gesto noble pero que lo dejó sin un patrimonio sólido. A su nombre no aparecían propiedades significativas. Regresó a vivir a Robles, a la casa de su padre, intentando mantener un estilo de vida que ya no podía costear. Inició un proyecto para formar futbolistas en una escuela en Jamundí, tratando de mantenerse vinculado al deporte que había sido su vida. Pero la realidad era ineludible: el dinero escaseaba y los gastos no.
Fue entonces cuando el pasado regresó a tocar a su puerta.
Mientras Jhon Viáfara recorría Europa y se convertía en una figura del fútbol colombiano, su antiguo amigo de la infancia, Jaider Díaz Carabalí, había seguido un camino radicalmente diferente. Díaz se había convertido en un narcotraficante exitoso, operando bajo el alias de "El Papá". Su organización se dedicaba a exportar cocaína hacia Centroamérica y Estados Unidos, utilizando como fachada un negocio legítimo de maquinaria pesada para la construcción de vías. Era un montaje perfecto: un empresario respetable en apariencia, pero un capo del narcotráfico en la sombra. Díaz había establecido alianzas con varios delincuentes, incluyendo a Luis Fernando Toro Londoño, alias "La Vaca" o "Don Alonso", con quien surtía de droga a carteles de México y Costa Rica. La cocaína se despachaba por mar en lanchas rápidas tipo go-fast y por aire en vuelos privados desde pistas clandestinas. La operación era sofisticada, eficiente y altamente lucrativa.
La organización de "El Papá" tenía influencia en los departamentos de Chocó, Antioquia, Cauca y Valle del Cauca, con varios centros de producción de alucinógenos vigilados por integrantes del Clan del Golfo, la estructura criminal más poderosa de Colombia en ese momento. La DEA y la Policía Antinarcóticos colombiana comenzaron a detectar la organización en 2016, justo cuando Viáfara se retiraba del fútbol. Los investigadores empezaron a seguir las rutas de la cocaína, a interceptar comunicaciones, a identificar a los miembros de la red. Poco a poco, fueron descubriendo la magnitud de la operación.
Díaz, desde su refugio en Jamundí, mantenía un perfil bajo pero seguía atento a los movimientos en su región. Cuando supo que Jhon Viáfara había regresado de Europa y estaba viviendo en Robles, intentando sobrevivir con una escuela de fútbol, vio una oportunidad. Según las investigaciones policiales, "El Papá" estaba pendiente de los pasos de su antiguo amigo. Cuando Viáfara abrió su academia de fútbol en Jamundí, Díaz le envió a uno de sus hijos para que lo entrenara. Era una forma de reestablecer contacto, de evaluar la situación, de tantear el terreno. Las autoridades especularían después que ese fue el inicio del acercamiento calculado.
Un investigador del caso explicó posteriormente a Caracol Televisión la situación con claridad devastadora: "Cuando Jhon Viáfara termina su carrera profesional futbolística, por el nivel de vida que llevaba, se queda sin la solvencia económica para seguir llevando sus costumbres de lujo. Es ahí cuando alias 'el Papá' lo lleva al mundo del narcotráfico como su trabajador de confianza". La oferta debió ser tentadora para un hombre que veía cómo el dinero desaparecía mientras los gastos persistían. Díaz no necesitaba que Viáfara participara directamente en el transporte de droga o en operaciones peligrosas. Lo que necesitaba era su rostro, su fama, su credibilidad. Un exfutbolista famoso, campeón de la Copa Libertadores, podía abrir puertas que a un narcotraficante común le resultaban imposibles.
El arreglo era aparentemente simple: Díaz ponía el dinero para comprar la cocaína y transportarla, mientras Viáfara iba a las reuniones con los narcos y daba la cara por él. El exfutbolista se convirtió en la cara visible de la organización, el enlace con otros grupos criminales, el mensajero que asistía a reuniones para establecer alianzas. En las interceptaciones telefónicas de la DEA, comenzaron a mencionarlo con el mote de "El Futbolista", un alias que reflejaba su identidad pública pero también su nueva función en el mundo del narcotráfico. Las autoridades colombianas identificaron que Viáfara era el encargado de la ruta del Pacífico hacia México, actuando como enlace entre el Clan del Golfo y el Cartel de Sinaloa para transportar estupefacientes en aeronaves y lanchas rápidas.
Jhon Viáfara probablemente racionalizó su decisión de múltiples formas. Quizás se dijo a sí mismo que solo sería temporal, que recuperaría su estabilidad económica y luego se alejaría. Tal vez pensó que su fama lo protegería, que nadie sospecharía de un exjugador de la selección Colombia. O simplemente cedió ante la presión de las deudas y la necesidad de mantener las apariencias. Lo que es indudable es que tomó una decisión que transformaría radicalmente su vida y la de su familia. El hombre que una vez había sido el orgullo de Robles ahora se sentaba en reuniones clandestinas con narcotraficantes, coordinaba rutas de cocaína, se comunicaba en clave con criminales. La caída del héroe había comenzado.
Entre 2016 y 2019, la organización de "El Papá" operó con relativa impunidad, moviendo cientos de kilos de cocaína hacia Estados Unidos. Pero la DEA y la Policía Antinarcóticos de Colombia estaban construyendo el caso meticulosamente. Las interceptaciones telefónicas, el seguimiento de las rutas marítimas y aéreas, la infiltración de informantes, todo iba conformando un expediente sólido. Durante esos tres años, las autoridades lograron incautar cinco cargamentos de la organización, sumando un total de 1,595 kilogramos de cocaína valorados en 59,000 millones de pesos colombianos. Uno de los decomisos más significativos ocurrió en julio de 2017, cuando encontraron 852 kilos del estupefaciente envueltos en lonas en un hangar del aeropuerto El Caraño de Quibdó, Chocó.
Las interceptaciones telefónicas revelaban el funcionamiento interno de la organización. "El Futbolista" aparecía mencionado con frecuencia, coordinando encuentros, transmitiendo mensajes, confirmando detalles de los envíos. Las autoridades estadounidenses, que seguían la pista de la cocaína que llegaba a sus costas, solicitaron formalmente a Colombia que investigara y capturara a los responsables. La Corte del Distrito Este de Texas emitió órdenes de captura contra varios miembros de la red, incluido Jhon Viáfara, acusándolos del delito federal de tráfico de narcóticos y conspiración para fabricar y distribuir estupefacientes.
El 19 de marzo de 2019, la Policía Antinarcóticos ejecutó la primera fase de la operación. Ese día, en una acción coordinada, capturaron a cinco miembros de la red con fines de extradición. Entre los detenidos estaban Jhon Viáfara y Luis Fernando Toro Londoño, alias "La Vaca". La captura de Viáfara ocurrió en Cali, y la noticia sacudió al país. Los medios de comunicación no podían creerlo: el héroe de la Copa Libertadores 2004, el autor de aquel gol memorable contra Boca Juniors, el exjugador de la Premier League, ahora esposado y acusado de narcotráfico. Las imágenes de Viáfara siendo conducido por agentes de la Policía dieron la vuelta a Colombia, generando una mezcla de incredulidad, tristeza e indignación.
La familia de Viáfara reaccionó con consternación. José Elier Viáfara, el padre, habló con los medios desde Robles, defendiendo apasionadamente a su hijo. "Estamos totalmente consternados, destrozados. Puedo decir, sin lugar a equivocarme, que somos una familia totalmente calumniada", declaró con voz quebrada. El anciano bombero insistía en que un narcotraficante vive en el lujo, mientras que la familia Viáfara mantenía una vida humilde. "Cuando se dice que alguien es narcotraficante usted ve su cambio económico. Usted ve que las personas viven en lujo, de pronto tienen cuentas bancarias, los invito a que vengan y hagan un rastreo". Aseguró que su hijo vivía en la casa paterna en Robles, sin propiedades a su nombre, y que había dejado todo a su exesposa para el bienestar de sus dos hijos.
Jimena Viáfara, hermana del futbolista, también defendió a su hermano en entrevistas, argumentando que la familia estaba siendo injustamente señalada. "Estamos abiertos al mundo entero para que revisen nuestros estados financieros", afirmó, tratando de demostrar que no habían enriquecido ilegalmente. Sin embargo, el director de la Policía Nacional, general Óscar Atehortúa, fue contundente en una rueda de prensa: "Viáfara era el encargado de la ruta del Pacífico hacia México entre los nexos del Clan del Golfo y el Cartel de Sinaloa para transportar los estupefacientes en aeronaves y lanchas. A Jhon Eduis Viáfara Mina no le aparecen propiedades a su nombre en las declaraciones de renta, que no se han podido encontrar. No tenía suficiente asidero para demostrar que tenía grandes recursos económicos. No obstante, está demostrado que pertenecía a esta organización criminal".
Jhon Viáfara, desde la cárcel La Picota de Bogotá donde fue recluido en el pabellón de extraditables, insistió en su inocencia. En declaraciones a La Patria de Manizales, afirmó: "Me relacionaron con gente que nunca conocí. Por fortuna, mucha gente sabe quién soy yo. Nunca sentí apoyo y me utilizaron como un trofeo para mostrarme como resultado de la lucha contra el narcotráfico". Se declaraba víctima de un montaje, un peón sacrificado en el tablero geopolítico de la guerra contra las drogas. Pero las pruebas en su contra eran abundantes: las interceptaciones telefónicas, los testimonios de otros capturados, los seguimientos policiales, todo apuntaba a su participación activa en la organización.
En octubre de 2019, el presidente Iván Duque firmó la resolución aprobando la extradición de Jhon Viáfara a Estados Unidos. La familia recibió la noticia con resignación y dolor. José Elier Viáfara, manteniendo su fe inquebrantable, declaró: "Somos una familia cristiana muy creyente y tenemos la fe que mi hijo no tiene relación en las situaciones que lo están juzgando, tenemos la confianza que lo van a dejar libre". Pero en el fondo, todos sabían que el camino que les esperaba era largo y doloroso. El 23 de enero de 2020, Jhon Viáfara fue entregado a las autoridades estadounidenses en un hangar privado del aeropuerto internacional El Dorado de Bogotá. Escoltado por agentes, subió al avión que lo llevaría a enfrentar la justicia norteamericana. Era el final definitivo del héroe de 2004 y el comienzo del calvario de un hombre que había perdido absolutamente todo.
Mientras tanto, Jaider Díaz Carabalí, alias "El Papá", había logrado eludir la operación policial. Cuando sus socios fueron capturados, él desapareció, refugiándose en las montañas del Cauca, una zona compleja de orden público plagada de disidencias guerrilleras. Desde allí continuó manejando su empresa de maquinaria y, presumiblemente, sus operaciones ilícitas. Las autoridades sabían que era el verdadero cerebro detrás de la organización, pero capturarlo en esas montañas resultaba extremadamente peligroso. Los investigadores decidieron ser pacientes. Le pusieron atención a su negocio "legal", rastreando los lugares donde se comercializaban repuestos para maquinaria pesada, esperando que tarde o temprano "El Papá" cometiera un error.
Ese error llegó cuatro años después. En marzo de 2023, Díaz bajó de las montañas a Jamundí para buscar una pieza de maquinaria que necesitaba para reparar uno de sus equipos. Después de tanto tiempo escondido, se sintió confiado. Salió desarmado y sin escoltas, manteniendo un perfil bajo. Fue a buscar un parqueadero para estacionar una retroexcavadora y, cuando salió a la calle en busca del repuesto, se encontró de frente con una patrulla de la Policía. La sorpresa fue total. "Yo no hice nada", dijo apenas le leyeron sus derechos y se enteró que tenía un pedido de extradición de la Corte del Distrito Oeste de Texas. Lo trasladaron al pabellón de extraditables de la cárcel La Picota de Bogotá, el mismo lugar donde años atrás había estado recluido Jhon Viáfara. El círculo se cerraba: el cerebro y su instrumento más visible, ambos camino a cárceles estadounidenses.
El proceso judicial de Jhon Viáfara en Estados Unidos fue rápido y demoledor. Los fiscales del Distrito Oeste de Texas presentaron un caso sólido sustentado en las interceptaciones de la DEA, los testimonios de miembros cooperantes de la organización, los registros de envíos incautados y la evidencia documental recopilada durante años de investigación. El exfutbolista inicialmente se declaró inocente, manteniendo su postura de que había sido víctima de un montaje, de que lo habían utilizado como trofeo mediático. Pero sus abogados defensores pronto le hicieron ver la realidad: las pruebas en su contra eran abrumadoras y las posibilidades de absolución prácticamente nulas. Enfrentaba la posibilidad de una condena de varias décadas si insistía en ir a juicio.
Finalmente, Jhon Viáfara aceptó declararse culpable de conspiración para importar cinco kilogramos o más de cocaína a Estados Unidos. Era un reconocimiento tácito de su participación en la organización de "El Papá", aunque no una confesión completa de todos los cargos que las autoridades podrían haber presentado. A cambio de su declaración de culpabilidad, los fiscales retiraron otros cargos potenciales y recomendaron una sentencia dentro del rango mínimo permitido por las guías federales. El 2 de diciembre de 2021, en una corte federal de Texas, el juez dictó sentencia: once años y tres meses de prisión en una cárcel federal estadounidense. También se le ordenó pagar una multa, aunque dada su situación financiera resultaba poco probable que pudiera cumplir con ese requisito.
La condena fue recibida con resignación por su familia en Colombia. José Elier Viáfara, el padre, nunca dejó de creer en la inocencia de su hijo, pero también entendía que la batalla legal estaba perdida. "Mi hijo no es un narcotraficante", repetía a quien quisiera escucharlo, "lo utilizaron, lo señalaron injustamente". Pero más allá de las convicciones familiares, la realidad era ineludible: Jhon Viáfara pasaría más de una década en una prisión estadounidense, lejos de su familia, de sus hijos, de la tierra que lo vio nacer y convertirse en héroe. El hombre que una vez había levantado la Copa Libertadores ahora vestía el uniforme de presidiario en una cárcel de Atlanta, Georgia.
La vida en prisión es dura para cualquiera, pero para un exdeportista acostumbrado a la libertad de movimiento, al reconocimiento público, a la adrenalina de la competencia, resulta especialmente brutal. Las cárceles federales estadounidenses son instituciones estrictas donde los privilegios son mínimos y la rutina implacable. Los días se suceden en una monotonía aplastante: despertar temprano, desayuno en el comedor colectivo, recuento de presos, actividades limitadas, almuerzo, más recuento, tiempo en el patio o en las instalaciones recreativas si hay buen comportamiento, cena, otro recuento, y finalmente el encierro nocturno en la celda. Los fines de semana ofrecen pocas variaciones. El tiempo se arrastra con una lentitud cruel, cada día idéntico al anterior.
Jhon Viáfara fue asignado inicialmente a la prisión federal de Atlanta, una instalación de mediana seguridad que alberga a cientos de reclusos condenados por delitos federales. Atlanta es una ciudad del sur de Estados Unidos, calurosa y húmeda en verano, fría en invierno, pero siempre distante y ajena para un colombiano. La población carcelaria es diversa: narcotraficantes latinos, estafadores de cuello blanco, delincuentes de crimen organizado, todos mezclados en un ecosistema donde la supervivencia depende de mantener un perfil bajo y respetar las jerarquías no escritas. Para Viáfara, acostumbrado a ser reconocido y admirado en Colombia, el anonimato forzado debe haber sido desconcertante. Pocos de sus compañeros de prisión conocían su historia como futbolista. Para ellos era simplemente otro más.
Sin embargo, no ha estado completamente aislado. Mantiene comunicación regular con su familia a través de llamadas telefónicas y videollamadas, aunque estas están estrictamente limitadas y monitoreadas por las autoridades penitenciarias. En noviembre de 2024, su amigo el exarquero Carlos Bejarano, quien jugó como portero en equipos como América de Cali y representó a Guinea Ecuatorial internacionalmente, compartió en su cuenta de Instagram una imagen de una videollamada con Viáfara. En la captura, el exfutbolista aparece con un gorro en la cabeza, audífonos para comunicarse, una barba arreglada y vestido con un saco blanco sobre una camiseta también blanca. Lo más notable es su sonrisa: a pesar de las circunstancias, Jhon Viáfara sonreía mientras conversaba con su amigo.
Bejarano escribió en la publicación: "Cuando se es bueno, Dios actúa y hasta el tiempo pasa rápido", haciendo referencia a los años de prisión que su amigo cumple en Estados Unidos. El mensaje reflejaba una mezcla de optimismo y fe, sugiriendo que Viáfara ha logrado adaptarse a su realidad y mantener una actitud relativamente positiva. El fondo de la imagen no permite identificar con claridad el lugar exacto donde se encuentra, pero se confirma que permanece en una instalación penitenciaria de Atlanta. Esas breves conversaciones con amigos y familiares son probablemente el único vínculo con el mundo exterior, el recordatorio de que existe una vida más allá de los muros de concreto y las rejas metálicas.
La condena de Viáfara se extenderá hasta aproximadamente 2031, considerando el tiempo ya cumplido desde su extradición en 2020. Dependiendo de su comportamiento en prisión y de las políticas de reducción de condena por buena conducta del sistema federal estadounidense, podría obtener su liberación algunos meses antes. Pero incluso en el mejor escenario, habrá pasado más de una década encarcelado, una década durante la cual sus hijos habrán crecido sin su presencia, durante la cual el fútbol colombiano habrá evolucionado sin él, durante la cual el mundo habrá seguido adelante mientras él permanecía congelado en el tiempo carcelario.
Cuando finalmente sea liberado, Jhon Viáfara tendrá aproximadamente cincuenta y tres años. Regresará a Colombia como un hombre marcado por la experiencia penitenciaria, con antecedentes penales que limitarán sus oportunidades, sin recursos económicos significativos, y enfrentando el estigma social de ser un exfutbolista caído en desgracia. La reintegración a la sociedad será un desafío monumental. No podrá trabajar en ciertas áreas, su reputación estará permanentemente manchada, y siempre será recordado tanto por su gol contra Boca Juniors como por su condena por narcotráfico. Es una dualidad cruel: héroe y criminal, gloria y vergüenza, triunfo y caída.
Su padre, José Elier Viáfara, quien probablemente tendrá más de ochenta años para entonces, espera poder recibirlo nuevamente en Robles. La familia mantiene la esperanza de que Jhon pueda reconstruir su vida de alguna manera, quizás trabajando con jóvenes futbolistas, compartiendo su experiencia como advertencia sobre las consecuencias de las malas decisiones. Pero la realidad es que el camino de regreso a una vida normal será empinado y lleno de obstáculos. La sociedad colombiana es implacable con quienes caen, especialmente cuando la caída es desde una altura tan grande como la que alcanzó Viáfara.
La historia de Jaider Díaz Carabalí, alias "El Papá", sigue un curso paralelo. Después de su captura en 2023, fue trasladado al pabellón de extraditables de La Picota mientras se procesaba su extradición a Estados Unidos. Las autoridades colombianas señalaron que Díaz era el verdadero cerebro detrás de la organización, el hombre que había construido una red sofisticada de tráfico de cocaína y que había arrastrado a su antiguo amigo de la infancia hacia el mundo criminal. La Corte del Distrito Oeste de Texas lo acusa de tráfico de narcóticos y conspiración para fabricar y distribuir estupefacientes, cargos que podrían resultar en una condena incluso más severa que la de Viáfara dado su rol de liderazgo.
Es posible que en algún momento del futuro, Díaz y Viáfara coincidan en una cárcel estadounidense. Quizás puedan conversar sobre aquellos días en Robles cuando eran niños y el mundo parecía lleno de posibilidades infinitas. Tal vez puedan reflexionar sobre las decisiones que tomaron, sobre los caminos divergentes que siguieron, sobre el momento en que sus vidas volvieron a entrecruzarse con consecuencias devastadoras. Sería una reunión amarga, marcada por el peso de las oportunidades perdidas y las vidas arruinadas. Dos hombres del mismo barrio, con sueños similares de escapar de la pobreza, terminaron ambos en prisiones estadounidenses: uno por construir un imperio criminal, el otro por dejarse seducir por las promesas de dinero fácil cuando la gloria se desvaneció.
La tragedia de Jhon Viáfara resuena en Colombia como una parábola sobre la fragilidad del éxito y los peligros de las malas compañías. Su historia es un recordatorio brutal de que la fama y los logros deportivos no son inmunidad contra la tentación ni garantía de sabiduría en las decisiones de vida. Muchos futbolistas colombianos han enfrentado dificultades económicas después del retiro, pero la mayoría encuentra formas legítimas de adaptarse a la nueva realidad. Trabajan como entrenadores, comentaristas deportivos, dirigentes de equipos menores, o incluso en campos completamente diferentes. Viáfara tomó un atajo que parecía promisorio pero que lo llevó directamente al abismo.
En las canchas de Robles, los niños todavía juegan al fútbol con la misma pasión con la que Jhon Viáfara lo hacía décadas atrás. Algunos de ellos conocen su historia, saben del gol contra Boca Juniors, han visto los videos de aquella noche gloriosa en el Palogrande. Pero también saben del otro capítulo, el oscuro, el que terminó en las cárceles estadounidenses. Los padres utilizan la historia de Viáfara como una lección moral para sus hijos: "Mira lo que pasó con Jhon. Tuvo el mundo a sus pies y lo perdió todo por tomar malas decisiones, por juntarse con la gente equivocada". Es una advertencia que resuena especialmente en una región como el Valle del Cauca, donde el narcotráfico ha dejado cicatrices profundas en el tejido social.
La familia Viáfara Mina sigue viviendo en Robles, manteniendo un perfil bajo, tratando de sobrellevar el estigma. José Elier continúa con sus actividades en la iglesia evangélica, orando por su hijo, esperando el día en que pueda abrazarlo nuevamente. Los hermanos de Jhon han intentado seguir adelante con sus vidas, aunque siempre bajo la sombra de lo ocurrido. Los dos hijos del exfutbolista, que viven con su madre, están creciendo con el peso de llevar el apellido Viáfara, sabiendo que su padre es tanto un héroe deportivo como un convicto. Es una dualidad difícil de procesar para niños y adolescentes, y probablemente requerirá años de terapia y apoyo para que puedan construir sus propias identidades sin ser definidos por las acciones de su padre.
En el mundo del fútbol colombiano, la historia de Jhon Viáfara se menciona con una mezcla de nostalgia y tristeza. Los narradores deportivos todavía recuerdan aquel gol del primero de julio de 2004, lo describen con pasión, reviven la emoción de aquella noche mágica. Pero ya no pueden hablar de Viáfara sin mencionar también su caída, sin recordar que el héroe terminó convertido en criminal. Es un asterisco permanente junto a su nombre, una nota al pie que nunca podrá ser borrada. Cuando se habla de los campeones de la Copa Libertadores 2004, cuando se recuerda a aquel Once Caldas milagroso, Viáfara siempre aparece con la etiqueta de "condenado por narcotráfico en Estados Unidos".
Los excompañeros de Viáfara en aquel equipo campeón tienen sentimientos encontrados. Algunos lo han defendido públicamente, argumentando que el hombre que conocieron era noble, trabajador, un buen compañero. Otros han preferido guardar silencio, evitando asociarse con el escándalo. Juan Carlos Henao, el arquero héroe de aquella final, ha dicho en entrevistas que lamenta profundamente lo ocurrido con Jhon, que desearía que las cosas hubieran sido diferentes. Luis Fernando Montoya, el técnico que lo convirtió de defensa a volante y lo llevó a la gloria, ha expresado su tristeza al ver cómo terminó la historia de uno de sus jugadores más importantes. Todos coinciden en algo: Jhon Viáfara tenía todo para ser recordado solo como un héroe, pero sus decisiones después del retiro mancharon irreparablemente su legado.
La reflexión más profunda que surge de esta historia es sobre la naturaleza efímera de la fama y la importancia de la planificación y el carácter. Jhon Viáfara alcanzó las alturas más elevadas del fútbol sudamericano, jugó en Europa, ganó títulos, representó a su país. Pero cuando esa etapa terminó, no tenía las herramientas emocionales, financieras ni personales para manejar la transición. La falta de educación financiera, la ausencia de una red de apoyo profesional, el mantenimiento de un estilo de vida insostenible, y finalmente la influencia de una amistad tóxica de la infancia, todo se combinó para crear la tormenta perfecta que lo destruyó.
Jaider Díaz Carabalí no era simplemente un amigo ofreciendo ayuda. Era un narcotraficante calculador que vio en Viáfara una herramienta útil: un rostro conocido, respetado, que podía facilitar sus operaciones criminales. Lo esperó pacientemente, observó cómo la situación económica del exfutbolista se deterioraba, y luego hizo su oferta en el momento preciso. Fue una manipulación fría y efectiva. Díaz sabía exactamente qué botones presionar: el orgullo herido de un hombre que no podía mantener el estilo de vida al que se había acostumbrado, la necesidad de sentirse importante nuevamente, la tentación del dinero rápido. Y Viáfara, vulnerable y desesperado, cayó en la trampa.
Hay quienes argumentan que Viáfara merece simpatía, que fue víctima de circunstancias difíciles y de una amistad manipuladora. Otros, especialmente las víctimas del narcotráfico y sus familias, insisten en que tuvo opciones, que pudo haber buscado trabajo honesto, que eligió deliberadamente involucrarse en actividades criminales que causan sufrimiento masivo. Ambas perspectivas tienen validez. Es posible reconocer que Viáfara enfrentó desafíos reales después de su retiro sin excusar sus decisiones criminales. Es posible sentir compasión por su caída sin minimizar el daño causado por el narcotráfico. La vida rara vez es tan simple como villanos y víctimas; más frecuentemente encontramos personas complejas tomando decisiones terribles bajo presión.
Lo que es indiscutible es que Jhon Viáfara perdió absolutamente todo lo que importaba. Perdió su libertad, su reputación, años preciosos con sus hijos, la posibilidad de una vejez digna, el respeto de su comunidad. El precio de esos años en la organización de "El Papá" resultó infinitamente mayor que cualquier beneficio económico que pudiera haber obtenido. Si alguna vez pensó que el dinero del narcotráfico resolvería sus problemas, ahora sabe con certeza absoluta que solo creó problemas mucho mayores e irreversibles. Es una lección aprendida de la manera más dolorosa posible, y una que llegó demasiado tarde para cambiar el curso de su vida.
En las noches en su celda de Atlanta, cuando las luces se apagan y el ruido de la prisión se reduce a murmullos distantes y el ocasional grito de algún recluso perturbado, Jhon Viáfara probablemente revive mentalmente aquella noche del primero de julio de 2004. El estadio Palogrande rugiendo, el balón llegando a sus pies, el disparo perfecto, la explosión de júbilo cuando la red se sacudió. Ese fue su momento de gloria absoluta, el punto más alto de su existencia, cuando todo parecía posible y el futuro se extendía brillante e infinito frente a él. Esa memoria debe ser ahora tanto un consuelo como una tortura, un recordatorio de lo que fue y de todo lo que perdió. El contraste entre aquel momento de éxtasis colectivo y la realidad presente de confinamiento solitario es tan vasto que resulta casi incomprensible.
A veces debe preguntarse qué habría pasado si hubiera tomado decisiones diferentes después del retiro. Si hubiera aceptado un trabajo modesto como entrenador de menores. Si hubiera ajustado su estilo de vida a sus ingresos reales. Si hubiera cortado completamente los lazos con Jamundí y con las personas de su pasado vinculadas al mundo criminal. Si hubiera buscado consejo financiero profesional durante sus años de bonanza en Europa. Cualquiera de esas decisiones podría haberlo llevado por un camino diferente, uno que no terminara en una prisión federal estadounidense. Pero la vida no ofrece segundas oportunidades para rehacer decisiones cruciales. Los errores, especialmente los de esta magnitud, son permanentes e irreversibles.
La historia de Jhon Viáfara es fundamentalmente una tragedia en el sentido clásico: un hombre con cualidades admirables que contiene también una falla fatal que eventualmente causa su destrucción. Su talento, su dedicación, su capacidad para alcanzar la excelencia deportiva, todo eso estaba ahí. Pero también estaba la imprudencia financiera, la vanidad, la debilidad ante la tentación, la lealtad mal dirigida hacia una amistad tóxica. Esa combinación de virtudes y defectos creó un héroe trágico cuya caída fue tan espectacular como lo había sido su ascenso. Es una historia que los griegos antiguos habrían reconocido inmediatamente: hubris seguida por némesis, orgullo seguido por caída, gloria seguida por ruina.
El legado de Jhon Viáfara quedará para siempre dividido. Para algunos, especialmente los más jóvenes que no recuerdan la Copa Libertadores de 2004, será simplemente un exfutbolista que terminó preso por narcotráfico. Para otros, especialmente quienes vivieron aquella noche mágica en Manizales, siempre será primero el héroe que anotó contra Boca Juniors, aunque sus acciones posteriores empañaran ese recuerdo. Es imposible separar completamente las dos partes de su historia; están entrelazadas inextricablemente, cada una dando contexto y significado a la otra.
Cuando Jhon Viáfara finalmente salga de prisión a comienzos de la próxima década, regresará a un país que habrá cambiado significativamente. El fútbol colombiano habrá evolucionado, nuevos jugadores habrán surgido y desaparecido, otros escándalos habrán capturado la atención pública. Quizás para entonces su historia sea solo una nota al pie, mencionada ocasionalmente cuando se rememora la Copa Libertadores de 2004. O quizás, si tiene la fortaleza y la humildad necesarias, pueda convertirse en un vocero contra la violencia del narcotráfico, compartiendo su experiencia como advertencia para otros jóvenes atletas que enfrentan dificultades después del retiro. Podría ser un tipo diferente de héroe: uno que admite sus errores, que acepta las consecuencias, y que usa su caída como lección para prevenir que otros sigan el mismo camino destructivo.
Pero ese futuro redentor está lejos de ser garantizado. La realidad más probable es que Viáfara regrese a Robles, viva discretamente con su familia, intente reconstruir algún tipo de relación con sus hijos ya adultos, y pase sus días reflexionando sobre las decisiones que tomó y las oportunidades que desperdició. Será un anciano que una vez fue joven y glorioso, que tocó la cumbre del éxito y luego cayó al abismo más profundo. Los niños del barrio tal vez le pidan que les cuente historias de aquel gol contra Boca, y él las narrará con ojos húmedos, reviviendo por enésima vez el momento más brillante de su vida. Y luego regresará a su casa, a la realidad de ser un exconvicto sin recursos ni perspectivas, viviendo en la misma casa donde creció, rodeado por los fantasmas de lo que pudo haber sido.
La amistad con Jaider Díaz Carabalí, que comenzó inocentemente en las calles polvorientas de Robles durante los años ochenta, terminó destruyendo a ambos hombres. Díaz, si es extraditado y condenado, pasará probablemente el resto de su vida en prisión estadounidense. Viáfara perdió una década crucial de su existencia y emerge con un futuro devastado. Esa amistad de infancia, que debería haber sido un vínculo nostálgico y positivo, se convirtió en el mecanismo de la destrucción mutua. Es un recordatorio sombrío de que no todas las amistades son saludables, de que la lealtad mal dirigida puede ser tan destructiva como la traición, y de que a veces las personas más peligrosas en nuestras vidas son aquellas que conocemos desde hace más tiempo.
Al final, la historia de Jhon Viáfara es una sobre elecciones. En múltiples momentos a lo largo de su vida tuvo opciones: podía haber invertido sabiamente durante sus años de prosperidad o gastar imprudentemente. Podía haber cortado lazos con influencias negativas o mantenerlas por nostalgia. Podía haber aceptado una vida más modesta después del retiro o buscar atajos ilegales para mantener las apariencias. Podía haber rechazado la oferta de Díaz o aceptarla por desesperación. En cada bifurcación del camino tomó la decisión equivocada, y esas decisiones se acumularon hasta crear la trayectoria que lo llevó de la gloria a la prisión, del Palogrande a una celda en Atlanta, del éxtasis a la desesperación. Es una parábola moderna sobre la importancia de la integridad, la planificación y la fortaleza de carácter, contada a través del ascenso y caída de un hombre que una vez tuvo el mundo a sus pies y lo perdió todo por no saber mantenerlo.
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